“Todos mis muertos saben donde estoy”

Capítulo III del libro “Desde arriba nadie te ve” (México, 2014).

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El de los muertos es para mi un club que siempre ha estado presente, que nunca se cierra, y que en mi vida ha tenido parte en varias escenas. Ellos dicen que fuí yo quién los invitó, pero no estoy seguro de haberlo hecho.

De algunos recuerdo poco, sólo sé de su sabor similar. Todos fueron pequeñas tormentas que causaron caos en la medida en que los años han entrado sin golpear.

Tengo de los muertos que dejaron de existir porque no valieron sus penas, y también tengo de los que dejaron de respirar. Lo que sí recuerdo es por qué están muertos, ¿Cómo no iba yo a saberlo, si fui yo mismo quién les obligó a descansar?.

A veces es como si quisieran venir, y envolvernos, a los recuerdos y a mi, en una tristeza intermitente, pero, que a diferencia de otros tiempos, hoy ya no logra quemar, y eso que los muertos saben donde encontrarme.

Un día planté los recuerdos en un jardín, el que casi nunca visito, y así es como se veía la última vez que me atreví a entrar.

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MUERTOS DESDE PEQUEÑOS (pag. 39)

Comenzó antes de entender un poco de todo

supimos que un pequeño mundo era suficiente para los dos

no nos lo diría el tiempo en blanco y negro

ni el horror en la boca de las madres.

¿Cómo saber qué hacer, si el encanto nos atrapó así, en pequeño?

Sin entender el porqué de los abrazos en los sueños

o porqué en nuestro universo

no necesitábamos a nadie más para jugar

Estábamos muertos desde pequeños

Desde que esta vida era un sueño sin completar

Pronunciamos fuerte “nunca creceremos”

Luego nos despedimos varias veces sin voltear

El primero de los muertos sabe que aquí tiene su lugar

que en esta lista de morbo, su muerte tuvo tres partes

A los cinco, a los quince y a los veinticinco

Y así de temprano es como inauguré mi lista de muertos.

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MUERTO DE VERDAD (pag. 40)

Alguna vez nos quisimos

y en medio de alguna otra vez todo se acabó

Le dejé por otras piezas de este juego

Le dejé porque se tenía que acabar.

Le oí maldecir mientras me alejaba,

le oí por varias noches,

hasta que nos hicimos pequeños a los ojos,

porque hacerme invisible nunca ha sido parte de mi plan.

Cuando le volví a ver ya era de los muertos,

no pude decirle nada, pues nada había por hacer

y una tarde, estando yo lejos,

escuché que se apagó.

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EL CASO DE AMAR (pag 41)

Inició a los veinte,

con nuestro dramatismo responsable y ardiente,

fue mi primer llanto de hombre grande

un llanto con esta misma voz

Vino, y antes de volverse uno de los muertos

nunca más me devolvió esa mitad de corazón,

ni yo la llave con que entré a su mundo,

nunca supe tanto de imperfección.

Quise y amé como un loco,

y volar así de alto tuvo su caída consecuente

y el golpe fue tan fuerte,

que no recuerdo cómo fue que me hice de nuevo.

Las noches de tantos años canté en voz alta

todo lo que no le alcancé a decir,

fueron sueños que le conté a tantos oídos,

menos a los suyos,

y fue por su muerte que me hice de alas para volar.

Al apagarse el fuego que le quemó el corazón

le reconocí, aun en esos latidos negros,

pero entre sus restos incinerados nunca encontré su “lo siento”

y quizás no estaba,

porque los muertos ya no deben de hablar.

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EL CADÁVER DE ARCILLA (pag 42)

El cuarto latido muerto de mi colección

fue desde el comienzo un tropiezo fatal

Usó una mirada que atravesó los muros de mis ojos

y lo guardé en un saco que duró horas por millar.

Fue un muerto hecho de miedos a medias

que supo cómo encontrarme

que echó mano a la jugada sabia de hechizarme

actuando siempre tan frío como lo es cualquier cadáver al calcular.

No sólo fueron sus manos,

si no que sus ojos también eran como los míos,

y lo era además la voz de su corazón;

una voz como la mía, pero en cobarde.

Le escribí tantas canciones para que no muriera

incluso cuando le abrazó un río con sus piedras,

escribí sobre mirarnos a medias

y escribí sobre la dulce agonía de su voz.

Para no lastimarme, no dejé que ni sus ojos,

ni sus manos

ni los abrazos que le dí,

supieran de mi desastre

pero una noche, antes de salir a escena

me dejé de bobadas

y lo que pasó después se lo conté a otra canción.

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ANDES TRUST (pag 43)

El quinto de mis muertos disparó antes que yo

una vez vino, bajó por mí y yo lo envolví en abrazos

aunque si yo hubiese podido

me habría empinado más hacia sus cielos.

Me enseñó tanto,

y yo le enseñé lo que pude

De las lluvias, de las lunas, del cariño y del cuidado

de cómo hacer para no chocar con nuestra imperfección

que siempre fue bastante.

Su paciencia tuvo mala suerte ante mis actos

pues durante muchas noches me acompañó

a que yo cantara una y otra vez sobre otros muertos

y sin quererlo, mis emociones viejas le resultaron como balas.

Así fue que nos matamos de a poco,

nunca le quise en esta lista, y por eso me devolvía por sus rutas.

Hasta que, una noche salió su cadáver sonriente

y me recordó que yo ya no vivía allí.

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MUERTO DE PUERTO (pag 44)

El último de los muertos del sur no fue para tanto.

Intentó poner un pie sobre una copia feliz de mi

pero me encerré de nuevo aquí

y a través de estas ventanas ví su cordura arder.

Un muerto de puerto que me hizo feliz

por ratos, por lo justo, por puro gusto

hasta que intenté desaparecer

en la medida que a estas horas nos dejamos ver.

Así supe de su locura,

de los mordiscos de su cariño,

y de cómo se ven los ojos por fuera cuando se tiñen de pena

y sólo se me ocurrió enmudecer.

El último de los muertos me clavó sólo la mirada

y aún no sé si haya estado a la altura de esta colección.

En las noches de azar,

en las primeras de mi distancia,

creo que pude haberle dejado vivir un poco más.

 

 

 

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Acerca de plumadeltiempo

Escribo canciones, las he publicado en varios discos, como "La Verdad", el EP "El Eco del Duelo", "Los Tiempos de Ahora" y "Verteverbal 2007 - 2017" como solista. También estoy en libros, con "Canciones en Defensa Propia", "Desde Arriba Nadie Te Ve", "Geografía en Llamas" y la antología "El Hombre de la Luna". Ver todas las entradas de plumadeltiempo

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