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Ray Bradbury: Requiem al Hombre Ilustrado.

Ray Bradbury falleció esta semana a los 91 años. Nada que no esperábamos, un hombre en su tiempo y su derecho a descansar. Todos sus libros están envejeciendo en mi biblioteca, en diferentes formatos y ediciones, con mis huellas marcadas a través de los años y con sus capítulos intactos a pesar de haber capturado con voracidad mi mirada adolescente.

Por Mauricio Riveros.

Cuando niño Ray Bradbury me enseño que, gracias a sus cuentos, podía salir volando por la ventana sin moverme. Era la época en que comenzó mi romance con los libros, una conquista bella, como esas de antes de madurar, como en los tiempos de las cartas, y todo fue con letras.

Bradbury falleció esta semana a los 91 años. Nada que no esperábamos, un hombre en su tiempo y su derecho a descansar. Todos sus libros están envejeciendo en mi biblioteca, en diferentes formatos y ediciones, con mis huellas marcadas a través de los años y con sus capítulos intactos a pesar de haber capturado con voracidad mi mirada adolescente.

El primer acercamiento a su pluma probablemente fue igual que para todos, con “Cronicas Marcianas”, parte de una literatura escolar obligatoria. Leí ese relato futurista pensando en que todo eso podía pasar cuando el calendario anunciara la llegada del año 1999 (“El verano del cohete”, “Ylla”).

Luego, aun siendo escolar, en la época en que mi Papá me dejaba escoger un libro por mes (una manera de impulsar y cuidar la lectura), vinieron el resto: “Fantasmas de lo nuevo”, “Remedio para melancólicos”, “El vino del estío”, “Farenheit 451”, pura elegancia en la ciencia ficción.

Me enamoré de su poesía entre líneas, de su romanticismo que dibujó ciudades en el cielo, que transformó en marcianos a las generaciones nuevas de colonos en Marte, del hombre con historias tatuadas en el cuerpo, del mar celoso, de tanto encanto antiguo atrapado que vivía entre esos libros.

En los noventa tuve un amigo quinceañero con el que compartí el gusto por su literatura, entre otras cosas. Adolescentes en la era pre internet fascinados por sus cuentos, por sus libros y otras pasiones de antiguo contrabando (los de ahora no saben eso, porque toda esa inquietud que lo envolvía ahora esta condicionado a un caprichoso click, que a veces ni se activa). Con él avanzamos juntos “Farenheit 451”, durante largas noches especulábamos sobre lo que sucedería con Montag, o con la chica demasiado normal que le podía hacer desestabilizar su rutina diaria, y nos sorprendimos juntos con el final de hombres que memorizaban mas de un libro para crear una nueva sociedad.

Bradbury fue un importante denominador común en nuestro interés por la literatura. Hoy luego de la muerte de nuestro escritor favorito, la frase sobre la quema de ejemplares, se puso de moda por segundos en el muro de Facebook de muchos, pero lo más triste y serio, es que estamos en una época que muchos incendian los libros simplemente ignorándolos.

Mi fanatismo por sus textos no quedó en simple coleccionismo. No por nada escribí “Ylla”, inspirada en su cuento, una canción que interpreté en vivo por años con Truman, mi ex banda, la historia de una chica marciana que se adelanta en sueños a una pasión magnífica con un hombre que viene de las estrellas, de cabello oscuro y que le hace cantar canciones bajo ese cielo marciano. En mi canción, escribí en función del astronauta Nataniel York: “Ylla, we can learn our names, sing our song and drink some wine under a martian sky…”.

Durante mis veinte me pasé durante muchísimas tardes en librerías de Buenos Aires en busca de mi tesoro, los libros que me interesaron de él, que me faltaban, y los argentinos, claro, tenían todos esos libros formidablemente editados. Los encontré casi todos en bellas ediciones, incluso una edición de “Remedio para melancólicos” impresa en Noviembre de 1977, fecha en que nací. Emocionante es saber que ese libro en mi biblioteca tiene mi edad.

En “Zen en el arte de escribir”Bradbury desnudó varias de las claves que lo llevaron a ser escritor, de cómo sin tener una máquina de escribir propia, se la pasó durante sus días de preescritor publicado, tipeando en máquinas que se alquilaban por hora, tal cual un cyber café de hoy. De ahí salieron varios cuentos y se transformaron en muchos de los libros que hoy conocemos. En esa misma publicación, una guía perfecta para cualquier creador, habla sobre su relación con la inspiración, la creación y de como fue formando su propia “biblioteca de sensaciones”, cada vez que le necesitó. (Si escribía sobre alguien llorando, sólo recordaba el llanto mas estremecedor que había escuchado en la vida).

Bradbury fue un escritor de otra época que resistió los años hasta nuestra generación, los que compramos sus libros y sabíamos que el venía de otra época, del romanticismo de los años 50 que retrató como “hogar” en el calor marciano de sus libros. Un escritor envejeciendo inevitablemente, mientras que sus relatos no.

Con una gesto de belleza casi infantil, muchos de sus fanáticos compartimos en Facebook la imagen del cohete elevándose hacia Marte, un saludo al alcance de todos, solo ensombrecido por el cohete que llevó realmente llevó a descansar a Marte la versión en DVD de su obra “Cronicas Marcianas”, de cualquier manera, todos encontramos la forma de agradecerle y despedirnos a nuestra forma del eterno hombre ilustrado. Gracias por todo Ray Bradbury.