Mi época vertebral y (tan) verbal.

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No tengo claridad de cuándo se comenzó a hacer este camino. Puede haber sido en ese verano, hace unos ocho años, en que compuse ‘El lobo herido’ en la sala de mi departamento en Santiago, minutos después que me suspendieran un ensayo con Truman. Supongo que se hizo necesario que ese animal tuviera una fuente propia donde beber, o puede ser porque ya no traía ganas de sentirme parte de una banda, y me puse a trabajar en un disco que si me hiciera sentir esa razón única y fascinante de porqué hago música.

No sé cuándo comenzó, y a pesar de todo obstáculo que se me ha aparecido, sé que no terminará, y presentar un álbum recopilatorio hoy en día es hacer una foto de todo eso, de eso se trata “Verteverbal 2007 – 2017”, capturar esta imagen panorámica para luego continuar, con lo que sea.

Nunca me han gustado mucho los discos compilatorios, pues siempre son ideas de las disqueras, a espaldas de los artistas, y cuando son ellos los involucrados, es para terminar contratos, o sacar un dinero extra, o matar la poca magia que vaya quedando, como la resaca de una luna de miel musical. Por eso es quise hacerlo distinto, a mi medida y escogiendo yo mismo cada uno de los tracks. Este álbum no se trata de nostalgia, porque no añoro el pasado, ya lo viví y estuve bien despierto, este disco es una celebración del presente y del futuro, de un camino complejo, pero artísticamente muy satisfactorio.

Por eso es que puse dos canciones nuevas: “Una taza de café” y “Una trampa hecha de barbas”, porque son las últimas piedras de este puente al futuro que sigue para mí.

El disco terminó convirtiéndose también en una gira, en la que ahora estoy en medio, un tour por México, un país que quiero, porque es la tierra que me cambió para siempre.

Y después años de publicar, girar, proyectar y concretar, es que viene este ánimo de mirar atrás por primera vez, y no sólo en la música, por eso que ahora aparece también “El hombre de la luna”, una antología de mi poesía, entonces me detengo a ver por primera vez de lo que he hecho esta carretera. Y como esta cabeza nunca se detiene, acá estoy, en medio de la gira mexicana, con un cuaderno lleno de nuevos textos y canciones nuevas que me vienen a buscar porque dicen ser urgentes. Vamos a ver entonces qué pasará luego de la gira, sólo sé que este camino que ya no se me desdibuja ni con una tormenta fatal.

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EL PUENTE

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(México, 30 de Mayo de 2017)

 

En los caminos de regreso

Que poco saben de mis pasos

Veo tus bosques abatidos

Oigo tus silencios en los prados

Y me mata el eco de la distancia

Pero si disolvemos el silencio

En un sólo susurro de tu voz

Podremos construir un puente

Para encontrarnos,

Para recuperarnos,

Para escucharnos en real y no en digital

Sólo debes talar el miedo

Dividir los pedazos más fuertes

Y construir con ellos un puente hasta mí

Mientras esté aquí,

Pues este fuego no se ha detenido

Desde que lancé mi señal

Y ha estado consumiéndome,

Entonces, este es el tiempo de tu puente.


El duelo de una generación.

La impactante noticia que corrió esta madrugada sobre el deceso del cantante Chris Cornell es de esas que dejan una tristeza inexplicable. La generación que se asoma por los 40, ya ha sabido de otras voces de una época que se apagaron, pero no estábamos preparados para la muerte de un cantante activo, poco escandaloso, menos aún a minutos de bajarse de un escenario.

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Antes de que la voz de Chris Cornell, Eddie Vedder y Layne Staley se tomarán el mainstream por asalto ya arrancados los noventas, en una revolución levantada por Nirvana, el mundo del rock era distinto, era más plástico, con peinados monumentales que estaban acabando con la capa de ozono, y con letras sobre motos, fiestas y chicas. Cuando todo eso cambio, cada uno de estos cantantes se convirtieron en una fuerza a través de sus bandas, que se instalaron en el ADN de una generación.

Las voces de todos ellos identificaron a miles, con textos más reales, de angustia palpables, de una tristeza con riffs distorsionados, y se volvieron una fuerza musical que definió toda una década.

No todos lo entendieron (y no tenían, ni tienen que hacerlo), pero el asalto de este combo de rock fue tan fuerte que la media más establecida los analizó como un fenómeno social, el inicio de una era que no pasaba inadvertida, teniendo su momento más icónico la portada de la revista Time con el rostro de Eddie Vedder y  el titular “All the rage”.

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Pero Chris Cornell parecía más centrado, había sobrevivido de muy jóven a otras tragedias, fue roomate de Andrew Wood, una de las primeras muertes de su entorno musical. Luego desaparecieron Cobain, Staley, y cuando comenzó a entrar en la madurez lanzó discos en solitario en los que, incluso, coqueteó con el pop vía Timbaland, y se acercó a un público más maduro y difícil compartiendo escenario con Sting. A diferencia de otros de sus compañeros de escena, él sí tuvo la suerte de ver en vida cómo esoldoutl legado musical de Soundgarden, su banda, lograba estatus de clásico, hoy no eran la nostalgia en un club de Seattle, ahora estaban embarcados en una gira gigantesca organizada por Live Nation, y los boletos estaban agotados en todos los lugares.

 

Hoy, no era necesario decir más nada, pues la noticia estaba en todos los medios, me encontré con un titular de esos de broma, pero bello, el de “Fanáticos del grunge crean muralla humana gigante para proteger a Eddie Vedder”. Triste, gracioso y, a la vez, bonito.

Uno de los instantes que me motivó a hacer canciones al inicio de mi carrera fe “Seasons”, esa primera canción en solitario que publicó en el soundtrack de la película “Singles”, re lanzado hace poco. Una pena todo, una pena rara. Supongo que es porque nadie esperaba despedir tan pronto al que fue, probablemente, el mejor cantante de rock de su generación.


QUEMAR LAS DISTANCIAS

Del poemario en preparación “El Hombre de la Luna”, 2017.

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Esta noche de bosque,

Vamos a quemar las distancias

Sabes que esta noche es noche también aquí

Pero de trayectos, montañas y naciones

Las que se han cruzado

Los besos queman ahora

Queman las palabras que he dicho

Y que tienen vida más allá de mi

En el campo de tu pecho

Donde dice tu nombre

Ya lo hemos aprendido

En esta, mi segunda parte

Ahora que soy un poco más que hueso

Pero cargo conmigo todo lo cierto.

Inventa una noche para mi

En tu bosque en que nunca entra el ruido

Y ese rugido por la ciudad con todos tus colores

Como los colores que me han dibujado a mi

Aunque entre nosotros

La vida llegue hasta aquí

Porque no tienes que decirme

No quiero que pronuncies el dolor

Si lo he oído latir

Sé que has puesto un corazón bajo la tierra

A muchos nos ha tocado también así

Aquí somos amor también

Amor con barba

Amor con fuerza

Amor con razón

No encontrarás un volcán como este en otro pecho

Que haya aguardado tanto por ti.


Las armas del poeta

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(del libro “Canciones en Defensa Propia”, 2012)

 

LAS ARMAS DEL POETA

Las armas del poeta no están en tiendas

ni en los discos del delirio.

Las armas del poeta encantan almas,

o las hieren, según el destino.

El hablar normal se convirtió en disfraz

el volverse normal se convirtió en irreal.


“Todos mis muertos saben donde estoy”

Capítulo III del libro “Desde arriba nadie te ve” (México, 2014).

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El de los muertos es para mi un club que siempre ha estado presente, que nunca se cierra, y que en mi vida ha tenido parte en varias escenas. Ellos dicen que fuí yo quién los invitó, pero no estoy seguro de haberlo hecho.

De algunos recuerdo poco, sólo sé de su sabor similar. Todos fueron pequeñas tormentas que causaron caos en la medida en que los años han entrado sin golpear.

Tengo de los muertos que dejaron de existir porque no valieron sus penas, y también tengo de los que dejaron de respirar. Lo que sí recuerdo es por qué están muertos, ¿Cómo no iba yo a saberlo, si fui yo mismo quién les obligó a descansar?.

A veces es como si quisieran venir, y envolvernos, a los recuerdos y a mi, en una tristeza intermitente, pero, que a diferencia de otros tiempos, hoy ya no logra quemar, y eso que los muertos saben donde encontrarme.

Un día planté los recuerdos en un jardín, el que casi nunca visito, y así es como se veía la última vez que me atreví a entrar.

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MUERTOS DESDE PEQUEÑOS (pag. 39)

Comenzó antes de entender un poco de todo

supimos que un pequeño mundo era suficiente para los dos

no nos lo diría el tiempo en blanco y negro

ni el horror en la boca de las madres.

¿Cómo saber qué hacer, si el encanto nos atrapó así, en pequeño?

Sin entender el porqué de los abrazos en los sueños

o porqué en nuestro universo

no necesitábamos a nadie más para jugar

Estábamos muertos desde pequeños

Desde que esta vida era un sueño sin completar

Pronunciamos fuerte “nunca creceremos”

Luego nos despedimos varias veces sin voltear

El primero de los muertos sabe que aquí tiene su lugar

que en esta lista de morbo, su muerte tuvo tres partes

A los cinco, a los quince y a los veinticinco

Y así de temprano es como inauguré mi lista de muertos.

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MUERTO DE VERDAD (pag. 40)

Alguna vez nos quisimos

y en medio de alguna otra vez todo se acabó

Le dejé por otras piezas de este juego

Le dejé porque se tenía que acabar.

Le oí maldecir mientras me alejaba,

le oí por varias noches,

hasta que nos hicimos pequeños a los ojos,

porque hacerme invisible nunca ha sido parte de mi plan.

Cuando le volví a ver ya era de los muertos,

no pude decirle nada, pues nada había por hacer

y una tarde, estando yo lejos,

escuché que se apagó.

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EL CASO DE AMAR (pag 41)

Inició a los veinte,

con nuestro dramatismo responsable y ardiente,

fue mi primer llanto de hombre grande

un llanto con esta misma voz

Vino, y antes de volverse uno de los muertos

nunca más me devolvió esa mitad de corazón,

ni yo la llave con que entré a su mundo,

nunca supe tanto de imperfección.

Quise y amé como un loco,

y volar así de alto tuvo su caída consecuente

y el golpe fue tan fuerte,

que no recuerdo cómo fue que me hice de nuevo.

Las noches de tantos años canté en voz alta

todo lo que no le alcancé a decir,

fueron sueños que le conté a tantos oídos,

menos a los suyos,

y fue por su muerte que me hice de alas para volar.

Al apagarse el fuego que le quemó el corazón

le reconocí, aun en esos latidos negros,

pero entre sus restos incinerados nunca encontré su “lo siento”

y quizás no estaba,

porque los muertos ya no deben de hablar.

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EL CADÁVER DE ARCILLA (pag 42)

El cuarto latido muerto de mi colección

fue desde el comienzo un tropiezo fatal

Usó una mirada que atravesó los muros de mis ojos

y lo guardé en un saco que duró horas por millar.

Fue un muerto hecho de miedos a medias

que supo cómo encontrarme

que echó mano a la jugada sabia de hechizarme

actuando siempre tan frío como lo es cualquier cadáver al calcular.

No sólo fueron sus manos,

si no que sus ojos también eran como los míos,

y lo era además la voz de su corazón;

una voz como la mía, pero en cobarde.

Le escribí tantas canciones para que no muriera

incluso cuando le abrazó un río con sus piedras,

escribí sobre mirarnos a medias

y escribí sobre la dulce agonía de su voz.

Para no lastimarme, no dejé que ni sus ojos,

ni sus manos

ni los abrazos que le dí,

supieran de mi desastre

pero una noche, antes de salir a escena

me dejé de bobadas

y lo que pasó después se lo conté a otra canción.

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ANDES TRUST (pag 43)

El quinto de mis muertos disparó antes que yo

una vez vino, bajó por mí y yo lo envolví en abrazos

aunque si yo hubiese podido

me habría empinado más hacia sus cielos.

Me enseñó tanto,

y yo le enseñé lo que pude

De las lluvias, de las lunas, del cariño y del cuidado

de cómo hacer para no chocar con nuestra imperfección

que siempre fue bastante.

Su paciencia tuvo mala suerte ante mis actos

pues durante muchas noches me acompañó

a que yo cantara una y otra vez sobre otros muertos

y sin quererlo, mis emociones viejas le resultaron como balas.

Así fue que nos matamos de a poco,

nunca le quise en esta lista, y por eso me devolvía por sus rutas.

Hasta que, una noche salió su cadáver sonriente

y me recordó que yo ya no vivía allí.

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MUERTO DE PUERTO (pag 44)

El último de los muertos del sur no fue para tanto.

Intentó poner un pie sobre una copia feliz de mi

pero me encerré de nuevo aquí

y a través de estas ventanas ví su cordura arder.

Un muerto de puerto que me hizo feliz

por ratos, por lo justo, por puro gusto

hasta que intenté desaparecer

en la medida que a estas horas nos dejamos ver.

Así supe de su locura,

de los mordiscos de su cariño,

y de cómo se ven los ojos por fuera cuando se tiñen de pena

y sólo se me ocurrió enmudecer.

El último de los muertos me clavó sólo la mirada

y aún no sé si haya estado a la altura de esta colección.

En las noches de azar,

en las primeras de mi distancia,

creo que pude haberle dejado vivir un poco más.

 

 

 


El Poeta Bueno

(Mauricio Riveros, Marzo de 2017)

 

Vino el poeta bueno,

pero llegó tarde

Nunca antes había visto mis luces

que siempre hablaron en otra dirección

Llegó tarde para lo antiguo

tarde para celebrar el pasado

tarde para salir en fotos que ya no sirven

y tarde para el postre,

que para mí hoy es de pura química

El poeta bueno llegó después de todo eso y más,

pero llegó tan a tiempo

para ver como ahora despierto

en este traje de hombre nuevo.