Las armas del poeta

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(del libro “Canciones en Defensa Propia”, 2012)

 

LAS ARMAS DEL POETA

Las armas del poeta no están en tiendas

ni en los discos del delirio.

Las armas del poeta encantan almas,

o las hieren, según el destino.

El hablar normal se convirtió en disfraz

el volverse normal se convirtió en irreal.

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“Todos mis muertos saben donde estoy”

Capítulo III del libro “Desde arriba nadie te ve” (México, 2014).

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El de los muertos es para mi un club que siempre ha estado presente, que nunca se cierra, y que en mi vida ha tenido parte en varias escenas. Ellos dicen que fuí yo quién los invitó, pero no estoy seguro de haberlo hecho.

De algunos recuerdo poco, sólo sé de su sabor similar. Todos fueron pequeñas tormentas que causaron caos en la medida en que los años han entrado sin golpear.

Tengo de los muertos que dejaron de existir porque no valieron sus penas, y también tengo de los que dejaron de respirar. Lo que sí recuerdo es por qué están muertos, ¿Cómo no iba yo a saberlo, si fui yo mismo quién les obligó a descansar?.

A veces es como si quisieran venir, y envolvernos, a los recuerdos y a mi, en una tristeza intermitente, pero, que a diferencia de otros tiempos, hoy ya no logra quemar, y eso que los muertos saben donde encontrarme.

Un día planté los recuerdos en un jardín, el que casi nunca visito, y así es como se veía la última vez que me atreví a entrar.

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MUERTOS DESDE PEQUEÑOS (pag. 39)

Comenzó antes de entender un poco de todo

supimos que un pequeño mundo era suficiente para los dos

no nos lo diría el tiempo en blanco y negro

ni el horror en la boca de las madres.

¿Cómo saber qué hacer, si el encanto nos atrapó así, en pequeño?

Sin entender el porqué de los abrazos en los sueños

o porqué en nuestro universo

no necesitábamos a nadie más para jugar

Estábamos muertos desde pequeños

Desde que esta vida era un sueño sin completar

Pronunciamos fuerte “nunca creceremos”

Luego nos despedimos varias veces sin voltear

El primero de los muertos sabe que aquí tiene su lugar

que en esta lista de morbo, su muerte tuvo tres partes

A los cinco, a los quince y a los veinticinco

Y así de temprano es como inauguré mi lista de muertos.

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MUERTO DE VERDAD (pag. 40)

Alguna vez nos quisimos

y en medio de alguna otra vez todo se acabó

Le dejé por otras piezas de este juego

Le dejé porque se tenía que acabar.

Le oí maldecir mientras me alejaba,

le oí por varias noches,

hasta que nos hicimos pequeños a los ojos,

porque hacerme invisible nunca ha sido parte de mi plan.

Cuando le volví a ver ya era de los muertos,

no pude decirle nada, pues nada había por hacer

y una tarde, estando yo lejos,

escuché que se apagó.

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EL CASO DE AMAR (pag 41)

Inició a los veinte,

con nuestro dramatismo responsable y ardiente,

fue mi primer llanto de hombre grande

un llanto con esta misma voz

Vino, y antes de volverse uno de los muertos

nunca más me devolvió esa mitad de corazón,

ni yo la llave con que entré a su mundo,

nunca supe tanto de imperfección.

Quise y amé como un loco,

y volar así de alto tuvo su caída consecuente

y el golpe fue tan fuerte,

que no recuerdo cómo fue que me hice de nuevo.

Las noches de tantos años canté en voz alta

todo lo que no le alcancé a decir,

fueron sueños que le conté a tantos oídos,

menos a los suyos,

y fue por su muerte que me hice de alas para volar.

Al apagarse el fuego que le quemó el corazón

le reconocí, aun en esos latidos negros,

pero entre sus restos incinerados nunca encontré su “lo siento”

y quizás no estaba,

porque los muertos ya no deben de hablar.

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EL CADÁVER DE ARCILLA (pag 42)

El cuarto latido muerto de mi colección

fue desde el comienzo un tropiezo fatal

Usó una mirada que atravesó los muros de mis ojos

y lo guardé en un saco que duró horas por millar.

Fue un muerto hecho de miedos a medias

que supo cómo encontrarme

que echó mano a la jugada sabia de hechizarme

actuando siempre tan frío como lo es cualquier cadáver al calcular.

No sólo fueron sus manos,

si no que sus ojos también eran como los míos,

y lo era además la voz de su corazón;

una voz como la mía, pero en cobarde.

Le escribí tantas canciones para que no muriera

incluso cuando le abrazó un río con sus piedras,

escribí sobre mirarnos a medias

y escribí sobre la dulce agonía de su voz.

Para no lastimarme, no dejé que ni sus ojos,

ni sus manos

ni los abrazos que le dí,

supieran de mi desastre

pero una noche, antes de salir a escena

me dejé de bobadas

y lo que pasó después se lo conté a otra canción.

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ANDES TRUST (pag 43)

El quinto de mis muertos disparó antes que yo

una vez vino, bajó por mí y yo lo envolví en abrazos

aunque si yo hubiese podido

me habría empinado más hacia sus cielos.

Me enseñó tanto,

y yo le enseñé lo que pude

De las lluvias, de las lunas, del cariño y del cuidado

de cómo hacer para no chocar con nuestra imperfección

que siempre fue bastante.

Su paciencia tuvo mala suerte ante mis actos

pues durante muchas noches me acompañó

a que yo cantara una y otra vez sobre otros muertos

y sin quererlo, mis emociones viejas le resultaron como balas.

Así fue que nos matamos de a poco,

nunca le quise en esta lista, y por eso me devolvía por sus rutas.

Hasta que, una noche salió su cadáver sonriente

y me recordó que yo ya no vivía allí.

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MUERTO DE PUERTO (pag 44)

El último de los muertos del sur no fue para tanto.

Intentó poner un pie sobre una copia feliz de mi

pero me encerré de nuevo aquí

y a través de estas ventanas ví su cordura arder.

Un muerto de puerto que me hizo feliz

por ratos, por lo justo, por puro gusto

hasta que intenté desaparecer

en la medida que a estas horas nos dejamos ver.

Así supe de su locura,

de los mordiscos de su cariño,

y de cómo se ven los ojos por fuera cuando se tiñen de pena

y sólo se me ocurrió enmudecer.

El último de los muertos me clavó sólo la mirada

y aún no sé si haya estado a la altura de esta colección.

En las noches de azar,

en las primeras de mi distancia,

creo que pude haberle dejado vivir un poco más.

 

 

 


El Poeta Bueno

(Mauricio Riveros, Marzo de 2017)

 

Vino el poeta bueno,

pero llegó tarde

Nunca antes había visto mis luces

que siempre hablaron en otra dirección

Llegó tarde para lo antiguo

tarde para celebrar el pasado

tarde para salir en fotos que ya no sirven

y tarde para el postre,

que para mí hoy es de pura química

El poeta bueno llegó después de todo eso y más,

pero llegó tan a tiempo

para ver como ahora despierto

en este traje de hombre nuevo.


¿Es válido re-escribir nuestra poesía?

Esta es una pregunta que se le puede aparecer de frente a algún poeta que vaya a publicar por primera vez su trabajo, en el momento en que le toca reunir textos escritos en otros tiempos, con otros ánimos y en otra etapa de su vida, al cuestionarse si están lo suficientemente bien vestidos como para ser presentados en sociedad. Y ya saben lo que dicen, que la primera impresión es siempre la que cuenta.

Por Mauricio Riveros.

Cuando un escritor revisa manuscritos y borradores para dar forma a su primera publicación, es lógico que se den algún tipo de correcciones; anomalías de texto que se saltaron un orden o sentido a causa de una irrefrenable pasión adolescente, el deseo de seguir escribiendo hasta alcanzar la cima de una idea, o simplemente por mera despreocupación del momento.

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Por eso es comprensible que un escritor recurra a una ‘manita de gato’, a una mejoría estética de la palabra sin alterar la estructura, o a una corrección express sobre una idea que en el momento original no alcanzó a quedar bien plasmada.

Sin embargo, existen voces estrictas que exigen la no alteración de una obra en su estado en bruto, las que prefieren que se publique tal cual lo dice su voz original, algo que complica a los traductores por ejemplo, aunque en rigor no se trate de un cambio tan drástico, pues esta estética de la palabra no obedece a la misma exigencia de la restauración de una pintura, ni va a tener el mismo impacto en la obra.

El año pasado realicé un taller en que propuse a los participantes un ejercicio parecido. Le pedí a los poetas que tomaran un texto propio, antiguo, y que lo reescribieran, sólo ciñéndose a cambios estéticos y no de ideas: Usar otras palabras, una variación de dirección que llevará al mismo camino, sin cambiar la esencia del texto. El resultado fue interesante para todos.

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El ejercicio siguiente fue pedirles que tomaran ese mismo texto refaccionado, y que lo intercambiaran con otro alumno del mismo taller para que fuera reinterpretado por otra pluma y otra mente: En general, el resultado fue que los poetas se habrían reconocido a pesar de los cambios hechos por sus compañeros, como si tuvieran que dejar que entraran a sus casas y se las remodelaran, y que aun siguieran sintiéndolo su hogar.

Pero el cuestionamiento sobre reescribir algo que ya está escrito, surge también, sobre una obra ya publicada, en el terreno de las reediciones o las antologías, por ejemplo.

Asem-juan2lguna vez un periodista le preguntó a Octavio Paz acerca de las modificaciones que había hecho con “Libertad Bajo Palabra” cada vez que se enfrentaba a una reedición, a lo que el Premio Nobel contestó: “(Fue) por razones de orden poético. Por fidelidad a mí mismo. Los cambios tienden a decir las cosas mejor, nada más”.

Decir las cosas mejor. A eso puede reducirse todo, en una época en que la poesía se lee menos, se vive más rápido, y lamentablemente casi todo se consume en un click, sin ir más lejos, este mismo texto está al alcance de un click. Sin embargo, intentar este ejercicio de decir mejor al publicar, puede entenderse como la oportunidad de vestirse mejor para entrar a la biblioteca de alguien que nos ha preferido.


Los Golpecitos.

Mauricio Riveros, del libro “Desde arriba nadie te ve” (México, 2014)

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Como parte del cuerpo

El pensamiento sobre tí, se acomodó mientras yo dormía

No sé si fue una voluntad secreta

O es que se aprovechó con cobardía.

Al despertar me golpeó dos, o tres veces en la puerta del pecho

Le ignoré, saltó despacio, otra vez fuerte dentro de mi

Ya sé que estabas allí

Ya supe que eras tú lo que yo tenía

Luego de días de ignorar,

Los golpes y los saltos no sólo vinieron de noche

Venían siempre en los días en que no estabas

Pero fue peor cuando me golpearon en tu presencia

Y ya no fue uno

Ni dos,

Fueron como las gotas de un diluvio

Y tú y yo ya sabemos de diluvios

Gotas otra vez aprovechándose de mi voluntad

Se dispusieron todas cómodas ente mi mirada

Todo el día, todos los días

Entonces ya no quiero ver más ese mundo a la cara porque duele

Tampoco quiero más los golpecitos.


Brett Anderson – “An introduction”: Belleza infinita

 

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Re introducir, o volver a presentar a Brett Anderson suena injusto de entrada. No sólo porque se trata de una de las figuras claves de la música inglesa de los noventas, la voz y la silueta de Suede, y porque no se trata de un desconocido.  Las canciones que ha firmado para su grupo con su pluma son parte de un catálogo brillante y aplaudido en su tiempo, quizás en menos medida que los de sus compañeros de generación, pero con méritos suficientes como para escribir su nombre en la historia, aunque también, cierto es, que su trabajo en solitario haya pasado un poco desapercibido.

Por Mauricio Riveros.

Se hace necesario volver a presentarse. “An introduction” es eso, una selección de varios momentos de sus cuatro trabajos sin Suede, discos estupendos, alejados del ruido, de la prensa afiebrada, de las portadas y de los fenómenos de ventas, pero de una belleza inigualable y profunda, por eso es una tarea difícil a la hora de seleccionar como introducir, por la cantidad de gemas puestas en cada álbum, pero con el fin de decirnos dónde están ocultas. y que aún es tiempo de ir a por ellas.

El primer trabajo que el cantante firmó como Brett Anderson data de 2007, se llamó como él mismo, y Suede era entonces un eco de discman, mientras que la música se pasaba al carril digital. Su bandera en solitario se alzó con el sencillo ‘Love is dead’, una pieza en que espolvoreó brillo a un texto sobre desesperanza (“Intelligents Friends don’t care in the end, believe me…love is dead”), y se manifestó con sutileza a través de cuerdas, piano y guitarras acústicas. Varios momentos de ese disco podrían haber estado en esta compilación.

Pero su carrera en solitario, desde el inicio, estuvo exenta de toda la locura que desató Suede, tanto así, que no todo el mundo se enteró. Entonces Anderson comenzó a girar por con su guitarra acústica por foros reducidos, tocó sets promocionales en tiendas de discos (mientras la gente pasaba por fuera, ignorando que ese hombre maduro era la misma estrella insolente y sexy de los primeros años noventa). También hizo shows en Latinoamérica acompañado de una banda que en un segmento del show intentaba emular a Suede, sin lograrlo jamás.

Y así vinieron, casi sin interrupciones, un disco por año: “Wilderness” (2008), más íntimo, más acústico, utilizando casi únicamente el piano, pero lleno de momentos preciosos de los que “An introduction” recoge cuatro. Luego “Slow Attack” (2009) y finalmente “Black Rainbows” (2011), trabajos en los que Brett Anderson se re definió como un compositor de culto, “la bohemia madura de una época dorada” le describió alguna reseña, y él, sin importarle, nos abrió camino a un bosque interior en el que entonces pocos nos asomamos, mientras afuera crecía el mito de Suede entre las nuevas generaciones (“all the boys/ and all the cities”).

Brett Anderson tuvo siempre en su voz pura magia para describir historias tristes, de “héroes por sólo un día”, porque a fin de cuentas él viene de la escuela de Bowie. La tristeza que transmitía su voz, en sus discos en solitario estaba más desnuda, más humana, sin la cinematografía de clásicos como ‘She’s not dead’, ‘Pantomime horse’ o ‘Black or Blue’ de Suede, pero monocromática e invernal igual, porque eso es la voz de Brett Anderson: el viento del invierno con alma de caricia, y porque según la lógica de “Dog Man Star”, uno puede ser tres cosas en la vida: un perro, un hombre o una estrella, y si Brett había pasado por los extremos, este venía a ser su lado de hombre.

Después vino la reunión de Suede; regresó la electricidad, las portadas y las salas repletas. Hicieron “Bloodsports” (2013) y la obra maestra “Night Thoughs” (2016), entonces estos cuatro discos de Brett quedaron sepultados, hasta ahora, porque no era un destino justo para tanta belleza de su obra.

Esta no es una colección de sencillos ni un “Best of”, (excluye canciones que me son favoritas como ‘To the Winter’ o ‘Julian’s eyes’), esto es entonces una (re) introducción, un recordatorio, una alarma desde una cápsula del tiempo para que nos devolvamos, de que estos discos debían ser escuchados, es pura música bella para todos los inviernos, un disco para oír con un café mientras se empañan las ventanas, y mirar como la lluvia baña la ciudad. Cualquier ciudad.

Brett Anderson

An introduction

01 Hymnn

02 Unsung

03 Brittle heart

04 Wheatfields

05 Frozen roads

06 The swans

07 Back to you

08 Funeral Mantra

09 A different place

10 Forest lullaby

11 This must be where it ends

12 Leave me sleeping

13 Ashes of us

14 P Marius

15 Song for my father


2016: Ni una maldición, ni un asunto de suerte.

No es ni una maldición, ni un asunto de suerte. La desaparición de íconos de la música en un, particularmente, trágico 2016 será recordada por todos quienes hemos crecido y vivido escuchando discos, (no de esos que se cargan en la computadora, sino discos de los de verdad), de los que se abren, se huelen, se mira su arte y se hacen girar para que nos encanten con su tesoro contenido.

Bowie fue la primera víctima del año que se va, y definitivamente la más shockeante. Aún no terminamos de entender la orquestación fantástica que el mismo creó para su despedida, con una enfermedad vivida en silencio, un disco fantástico (con un arte que aún esconde secretos) y la más elegante salida que hayamos visto de un artista. Fue una suerte haber convivido en el mismo tiempo que David Bowie y haber esperado con ansias cada uno de sus lanzamientos mientras vivió.

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Poco después de eso, y con menos figuración en los titulares, vino lo de Colin Vearncombe, ex cantante de Black, quien sufrió un accidente automovilístico y estuvo un par de días en hospital antes de morir, el 26 de enero. Había trabajado en nuevo disco y dado una lección de elegancia en los tan de moda “crowfunding”, mientras unos cambiaban saludos entusiasmados en video por dinero, Vearncombe ofreció libros escritos a mano y su primera guitarra. Su muerte también es una tragedia del anuario más fresco, que aun no se termina de escribir.

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Luego supimos de la lluvia de pena purpura con Prince, en noviembre del poeta Leonard Cohen, la voz de veranos fantásticos y tantas noches de vino caro. Y ahora George Michael.

Me impacta lo de Michael también. Aunque, ni fui fan de Wham! ni de sus hits pop del disco “Faith”, le reconocí con respeto un poco después, en el 90, con el disco “Listen Without Prejudice”, una joya que hoy conservo hoy en tres formatos, casette, CD y vinilo, y que antes de la muerte de su autor había anunciado su re edición para 2017, porque claro, es un disco que entonces no se alcanzó a entender.

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Ese álbum esta en mi top 10, lo reconocí en alguna entrevista, ahí está el cantante de excepción y la emoción inigualable de “Waiting for that day”, con su belleza pre 2000, y un guiño sutil que usé para alguno de mis discos.

Suerte hemos tenido de vivir en la misma época de músicos y autores brillantes, y que no nos los presenten como viejas cápsulas del futuro. Han estado desde siempre (para los de mi generación), nos han maravillado y ahora, tristemente, los veremos desaparecer. Leyendas vivas quedan pocas, y no es de extrañar que en el 2017 empiecen a morir otros también para que la prensa hable de un nuevo año trágico, pero así tiene que ser. Así como la lluvia cae del cielo, los hombres desaparecemos, y las estrellas han muerto hace mucho tiempo, pero su brillo sigue viajando hacía nuestros ojos. Un privilegio es el que hemos tenido.